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sábado, 11 de diciembre de 2010

Batman: City of Scars

De vez en cuando surgen auténticas joyas en el panorama del cine independiente que merece la pena recuperar. Es el caso de Batman: City of Scars, una auténtica joya que podéis disfrutar (con subtítulos integrados) al final del artículo y que no debéis perderos.

City of scars

Dirigida y guionizada por Aaron Schoenke, costó la nada despreciable cifra para una producción independiente de 27.000 $, y, junto a Batman Dead End (2003) de Sandy Corolla, se ha convertido en el mejor corto del famoso superhéroe publicado hasta la fecha.

El cortometraje narra una vez más el enfrentamiento final entre el Joker y Batman, adentrándose en el eterno conflicto que atormenta al superhéroe sobre los límites que no está dispuesto a cruzar en su lucha por la justicia.

Una ambientación cuidada y muy conseguida a pesar de la economía de medios y unas interpretaciones que no desmerecen el resultado final, logran adentrarnos en el mundo oscuro y sombrío del personaje con gran realismo y sobriedad.

Pero basta de hablar, lo mejor es que lo veáis y juzguéis vosotros mismo a continuación.

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lunes, 19 de abril de 2010

Star Wars Broken Allegiance

Hoy os traemos un excelente corto de 23 minutos de duración realizado en 2002 y  ambientado en el mundo de Star Wars y titulado Broken allegiance.

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El film fue filmado íntegramente en Australia y costó 6000 dólares, lo que viene a demostrar que conseguir un buen resultado y unos excelente efectos visuales es, a veces, una tarea mas de trabajo e imaginación que de dinero.

El guion trata como, tras la destrucción de la "Estrella de la muerte" narrada en La Guerra de las Galaxias (Star Wars), Darth Vader entrena a dos jóvenes Jedis con la intención de convertirlos al lado oscuro. Sin embargo, éstos se revelan y escapan, obligando a Darth Vader a contratar a un cazarrecompesas para que los busque y capture.

A continuación podéis ver el cortometraje integro, dividido en tres partes, no os lo perdáis.

 

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domingo, 14 de febrero de 2010

Cuentos Solidarios 2009: La Curiosidad del Gato

Hoy quiero presentaros el segundo volumen de Cuentos Solidarios que lleva por título: La Curiosidad del Gato.

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Nos hemos reunido, una vez más, un grupo de escritores independientes para ofreceros algunas de nuestras mejores obras de forma totalmente desinteresada, movidos sólo por el convencimiento de que un mundo mejor es posible y que la literatura debe servir como herramienta privilegiada para lograr ese fin.

Los autores que intervienen en este número y entre los que me encuentro son:

Miguel Álvarez Torinos - Oscar Álvarez - Juan Carlos Boíza López - Antonio Castro - Yolanda Díaz de Tuesta Martín -Diego Jurado Lara - Federico Laurenzana - Eduardo Martos Gómez - Octavio Ponzanelli Ruiz - Antonio Pedro Grande Rey -Rudy Spillman

Desgraciadamente, cuando ultimábamos este nuevo número, un terrible terremoto sacudió Haití, uno de los países más pobres del mundo, al que la desgracia ha querido sumir en el caos y la desesperanza más absoluta.

Para nosotros es, por tanto, una obligación moral dedicar este número enteramente a recaudar fondos que palíen la terrible situación que atraviesa el pueblo haitiano.

Por eso, a partir de ahora, podéis descargaros de forma totalmente gratuita los volúmenes de Cuentos Solidarios, o adquirirlos a costes de impresión, con la única condición de que, si disfrutas con la lectura de nuestros relatos, contribuyáis con alguna donación, no importa lo pequeña que sea, en alguna de las múltiples cuentas que existen para ayudar a las víctimas del terremoto de Haití.

Podéis encontrar una extensa recopilación de enlaces a múltiples ONG´s en el post que viene a continuación en esta misma web, al que también podéis acceder en la dirección:

Cómo ayudar a Haití

Los volúmenes de Cuentos Solidario podéis conseguirlos en:

Previsualización

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Descarga gratuita en Bubok

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Descarga gratuita en Lulu

Versión virtual online

 

Gracias por leernos y sobre todo, por vuestra solidaridad,

El equipo de Cuentos Solidarios

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martes, 2 de febrero de 2010

I, Frankenstein será el nuevo trabajo del equipo de Underworld

Lakeshore Entertainment, acaba de anunciar en declaraciones de Tom Rosenberg, su presidente, la intención de volver a reunir al equipo de la franquicia Underworld para afrontar la adaptación de I, Frankenstein.

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Foto | ShockTillYouDrop.com

I, Frankenstein será producida por Tom Rosenberg, Gary Lucchesi y Richard Wright y contará con guión de Kevin Grevioux. El director será Patrick Tatopoulos, que debutase tras la cámara con Underworld: Rise of the Lycans.

El director comentó, al conocer el visto bueno definitivo de la productora: “Es un privilegio tener la oportunidad de dirigir esta maravilla visual. Kevin Grevioux ha creado algo realmente especial con 'I, Frankenstein', y yo no podía soñar con un mejor equipo que mis amigos de Lakeshore para hacerlo realidad.”

 

Foto | iesb.net

I, Frankenstein es un comic de la compañía Darkstorm Comics guionizada por el propio Kevin Grevioux, que trata sobre una versión renovada del monstruo de Frankenstein, es esta ocasión teniendo que enfrentarse a una invasión del mundo por parte de seres sobrenaturales, lo que llevará a que el personaje se encuentre con otros no menos famosos como el Jorobado de Notre Dame, el Hombre Invisible, Drácula o el Dr. Jekyll/Mr. Hyde con los que tendrá en enfrentarse.

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El comic sigue siendo una fuente inagotable de inspiración para el mundo del cine, derrumbándose cada vez más las fronteras entre ambos medios, esperemos que el resultado sea el de una película de calidad y no el de otro artificio de efectos especial destinado a lograr buenas taquillas pero con historias manidas y poco originales. Os iremos informando.

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lunes, 20 de julio de 2009

María Sin Nombre

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Aunque llevaba trabajando como enfermera en el hospital más de cinco años, nada me había preparado para lo que me esperaba en la sala de urgencias. Se trataba de una niña de no más de siete u ocho años, en cuyos rasgos se dibujaban las huellas del síndrome de Down. La pequeña miraba con ojos asustados a su alrededor, inconsciente del terrible estado de su cuerpo. La sangre corría sobre su rostro desde una herida punzante, que algún golpe brutal le había producido en pleno cráneo y en sus brazos se alternaban cortes profundos y crueles quemaduras. No pude evitar recordar como mi padre apagaba sus cigarrillos en mis brazos, como castigo por haber sacado algún suspenso, mientras mi madre apartaba la mirada.

Reprimiendo la angustia que sentía ante la saña y brutalidad con la que aquel pequeño cuerpo había sido maltratado, limpié sus heridas, hasta que la introdujeron en el quirófano, donde manos expertas se hicieron cargo de ella.

Al llegar a casa, no podía olvidar la mirada indefensa de aquella pobre niña, por lo que, a la mañana siguiente, lo primero que hice fue preguntar por la pequeña.

- ¡Pobrecilla! – exclamó la jefa de enfermería - ¿Te diste cuenta de que tenía Síndrome de Down?

- Claro– contesté impaciente –, pero ¿cómo está?

- Parece que se recuperará, aunque aún están haciéndole pruebas. Lo malo van a ser las secuelas; no recuerda nada y, en su condición, no parece fácil que recupere la memoria.

- ¿Y su familia?

- ¿Familia? ¿No has leído los periódicos? La encontraron en una cuneta de la carretera y nadie ha denunciado su desaparición. La policía cree que fue su propia familia la que la arrojó desde un coche en marcha.

- ¡Pero eso es monstruoso! – exclamé horrorizada.

- Sí, lo es – contestó la enfermera, bajando la mirada -. Algunas personas no aceptan tener hijos como ella y los apartan, tratándolos como animales o dejándoles morir.

Pasé el resto del día con el estómago revuelto y, esa misma tarde, pedí el traslado inmediato a cuidados intensivos. Sentía que mi deber era intentar ayudar a aquella pequeña.

Al día siguiente, pude, por fin, acudir a donde estaba ingresada la niña. La encontré mejor de lo que esperaba; aunque estaba conectada a una unidad de monitorización y lucía un aparatoso vendaje en la cabeza, no le habían puesto ventilación asistida. Un doctor estaba examinándola.

Al consultar el historial, me llamó la atención el texto que aparecía en la cabecera: “Sin Nombre”.

- ¿Y esto? – pregunté al doctor.

- Nadie sabe cómo se llama – repuso, levantando los hombros.

- Mi madre decía que todas las mujeres eran Marías – exclamé –, mientras con mi bolígrafo añadía delante: “María”.

Cuando el doctor abandonó la habitación, me acerque a la pequeña. Se había quedado profundamente dormida debido a la fuerte medicación. Observé su rostro tranquilo y me fijé en el moratón de una de sus mejillas. A mi mente acudió la imagen de mi madre abofeteándome el día en que, al cumplir los dieciocho años, le dije que me iba a vivir con Aitor.

Dos días después, encontré a María despierta. Sus ojos, azules y redondos, estaban llenos de la luz de la inocencia. Miraba a su alrededor con curiosidad y expectación y, nada más verme, me saludo con un tembloroso “hola”. Noté de inmediato como se estremecía al ver la bandeja en la que llevaba los útiles para hacerle un análisis de sangre.

- No te preocupes, cariño, no te voy a hacer ningún daño – le dije, acariciándole la mejilla.

Cuando acerqué la jeringuilla a su brazo, todo su cuerpo temblaba. Estuve a punto de tirar la maldita jeringa y estrecharla entre mis brazos, pero, al final, decidí realizar la extracción lo más suavemente que pudiera. Al terminar, le di un beso en la mejilla y ella me devolvió una sonrisa que me supo a gloria.

Más tarde, le llevé un pequeño geranio que tenía en mi casa medio abandonado.

- ¡Está chunga! – exclamó, al ver el estado raquítico de la planta.

- No se lo digas a nadie – le susurré al oído -, es que soy un desastre como jardinera.

Empezó a reírse, con esa sinceridad y entrega de la que sólo son capaces los niños, consiguiendo que mi trabajo en el hospital se llenase de luz y alegría.

Poco a poco, el estado de María fue estabilizándose; el fantasma de una posible infección empezaba a alejarse definitivamente. Aprovechando su mejoría, le llevé unos rotuladores y un cuaderno para que se entretuviera dibujando. Nada más verlo, comenzó a garabatear con torpeza sobre el papel.

- ¿Tu no dibujas? – me preguntó.

- Me pasa como con las plantas, no se me da bien – le mentí.

La verdad es que la pintura había sido el único desahogo de mi infancia y que, cuando me casé, intenté convertirlo en una actividad profesional. Sin embargo, todo se torció cuando Aitor perdió su empleo en la fábrica. Sólo le ofrecían trabajos a tiempo parcial y pequeñas obras, lo que fue amargando su carácter. Nuestras broncas eran continuas, hasta que una mañana volvió a casa borracho y con un nuevo finiquito bajo el brazo. Yo estaba pintando un desnudo masculino, y, cuando Aitor lo vio, se sintió ofendido. Arremetió contra mí golpeándome con saña. Aquel día le abandoné a él y a la pintura para siempre.

La mejoría de María continuó y dos días después dio sus primeros pasos por la habitación.

- ¿Tienes novio? – me preguntó, dejándome sorprendida.

- No – atiné a responderle.

- ¿Por qué? – insistió.

- No sé…- dudé - ¿Y a ti? ¿Te gusta algún chico? – bromeé.

- María no puede tener novio, María es fea – contestó, bajando la mirada.

- ¡Eso no es cierto! – repuse indignada - Eres la niña más bonita del mundo, cuando seas mayor tendrás novios a montones.

Su rostro se iluminó y, echándome sus manitas alrededor del cuello, me regaló el beso y el abrazo más sinceros que he recibido jamás. No pude evitar que algunas lágrimas resbalasen por mi mejilla.

Aquella fue la primera y la última vez que pude tenerla entre mis brazos. Al día siguiente, cuando me incorporé al turno de mañana, el doctor de guardia me estaba esperando.

- Ha ocurrido algo terrible – me dijo.

- ¿De qué estás hablando?

- Se trata de María – repuso - Anoche entró en coma.

- ¿Cómo es posible? – pregunté, intentando reprimir el nudo que se estaba formando en mi garganta – Ayer estaba perfectamente.

- Tenía un coágulo en el lóbulo frontal que no habíamos visto en el TAC. No hemos podido hacer nada, ha muerto hace una hora.

El doctor me dijo que me tomase el día libre y me fuese a casa. Pero, aunque el golpe fue tan duro que apenas era capaz de tenerme en pie, quise ir una última vez a la habitación de María.

Al entrar, creí por un instante que María me recibiría en la cama con su mirada de curiosidad y su sonrisa inocente, pero sólo un amasijo de sábanas me dio la bienvenida. En un rincón estaba el cuaderno que le había regalado. Fui hojeando sus primerizos en inseguros dibujos, hasta llegar a uno en el que había pintado a una niña con la cabeza envuelta en vendas junto a una enfermera y, en medio de las dos, un enorme corazón rojo. No pude reprimir más tiempo mis lágrimas y rompí a llorar con desesperación. Eran lágrimas de pena, sí, pero también de indignación y rabia, lágrimas reprimidas desde mucho antes de conocer a María.

Estaba a punto de irme, dejando todo atrás, cuando reparé en el pequeño geranio que le había regalado. El día anterior estaba mustio y raquítico, pero ahora estaba lleno de vida y repleto de pequeñas flores sonrosadas. Aún sin comprender muy bien por qué, aquello hizo que mis lágrimas se convirtieran en una pequeña sonrisa.

Esa misma tarde, desempolvé mi viejo estuche de pinturas al óleo y pinté un retrato de María, a cuyo lado puse su hermoso geranio en flor. Desde ese día, mi casa y mi vida se llenaron de una nueva luz. Puede que nunca llegue a saber quién era realmente mi pequeña María Sin Nombre, pero lo que sí sé, es que, en el poco tiempo que tuve el privilegio de conocerla, ella me ayudó a recordar quién era yo.

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